Artículo · Documental 13

El velo rasgado: el día que la separación terminó

Hay un momento en la Biblia que todavía estremece: a la hora novena, cuando Yeshua entregó el espíritu, el velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo (Mateo 27:51). No era una cortina cualquiera: era el velo que durante siglos había marcado la frontera entre el ser humano y la presencia de Dios. Y aquel día, esa frontera se partió en dos.

El velo que separaba

Dios mismo dio las instrucciones para tejerlo: «Harás además un velo de azul, púrpura, carmesí y lino torcido; será hecho con querubines, obra primorosa» (Éxodo 26:31). Ese velo colgaba dentro del santuario y separaba el Lugar Santo del Lugar Santísimo, el sitio más sagrado de la tierra, donde estaba el arca del pacto, símbolo de la presencia de Dios en medio de su pueblo.

Detrás de aquel velo nadie podía entrar, salvo una sola persona: el sumo sacerdote, y solo una vez al año, en el Día de la Expiación, llevando la sangre del sacrificio (Hebreos 9:7). El mensaje era claro y se repetía cada año: el pecado nos separa de Dios.

El día que se rasgó

Pasaron los siglos, y llegó el día más grande y más solemne de la historia. Fuera de Jerusalén, en una cruz, Yeshua clamó a gran voz… y entregó el espíritu (Mateo 27:50). Y en ese mismo instante, dentro del Templo, ocurrió lo impensable: «el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron; y se abrieron los sepulcros» (Mateo 27:51-52).

Fíjate bien en el detalle: de arriba abajo. Ninguna mano humana lo rasgó desde la tierra: fue Dios mismo quien lo partió desde el cielo. La iniciativa de abrir el acceso fue suya, no nuestra. Y el centurión que guardaba la cruz, al ver todo aquello, confesó: «Verdaderamente este era Hijo de Dios» (Mateo 27:54).

El camino nuevo y vivo

El libro de Hebreos nos revela qué significa aquel rasgón: «tenemos libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Yeshua, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne» (Hebreos 10:19-20). El velo era una sombra de su propio cuerpo: así como el velo se partió, su carne fue entregada en la cruz, y con ella quedó abierto para siempre el acceso al Padre. Lo que estuvo cerrado por siglos, aquel día se abrió.

Y el mismo pasaje continúa, en el versículo 22, invitándonos a acercarnos «lavados los cuerpos con agua pura» — la misma imagen que vimos en el documental anterior, el de los baños de los peregrinos: aquellas aguas purificaban por fuera; el velo rasgado nos abre el acceso perfecto, de una vez y para siempre.

Ya no hay separación

Durante generaciones, aquel velo predicó un sermón silencioso: «no puedes pasar; la presencia de Dios no es para ti». Cada fiesta, cada sacrificio, cada Día de la Expiación lo repetía: hay una separación entre Dios y el ser humano. Pero el día de la cruz, ese sermón terminó. El velo rasgado anuncia todo lo contrario: el camino está abierto. Ya no hay que esperar un solo día del año, ni depender de un solo hombre: en Yeshua, todo el que cree puede acercarse.

Por eso la Escritura nos hace esta invitación llena de ternura: «Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro» (Hebreos 4:16).

La puerta está abierta

Si hoy sientes que hay un velo entre Dios y ti —la culpa, el pasado, la distancia—, escucha la buena noticia: ese velo ya fue rasgado, de arriba abajo, por Dios mismo. La puerta no está entreabierta: está abierta. El mismo Yeshua que entregó su vida es el camino nuevo y vivo que te lleva al Padre. No hay separación que su amor no haya vencido ya.

Este artículo acompaña al documental 13 de nuestra serie, «El velo rasgado». Míralo completo y gratuito en YouTube.

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