Artículo · Documental 6

Siloé: la piscina donde Yeshua abrió los ojos

En Jerusalén, Yeshua vio a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos preguntaron quién había pecado, si él o sus padres, para que naciera así. Yeshua respondió que ni él ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifestaran en él. Entonces escupió en tierra, hizo lodo con la saliva, untó los ojos del ciego y le dijo: «Ve a lavarte en el estanque de Siloé» — que traducido es Enviado. El ciego fue, se lavó… y regresó viendo (Juan 9:7). Durante casi dos mil años, nadie supo dónde estaba aquella piscina. Hasta 2004.

La piscina perdida

Durante siglos, los visitantes de Jerusalén contemplaron una pequeña piscina de piedra de época bizantina, al sur de la ciudad: la tradición decía que esa era Siloé. Pero la gran piscina monumental, la del tiempo de Yeshua, seguía enterrada bajo metros de tierra y escombros, esperando su hora. La arqueología sabía que en las fiestas de Israel miles de peregrinos subían al Templo, y que antes de ascender se purificaban en las aguas: la piscina grande tenía que estar ahí, bajo la colina, en algún lugar. Y entonces llegó el verano de 2004: una obra ordinaria, de esas que nadie mira dos veces, estaba a punto de cambiar la historia.

El hallazgo de 2004

En junio de 2004, unos trabajadores reparaban una tubería de alcantarillado al sur del Monte del Templo, en la Ciudad de David. La maquinaria topó con piedra labrada: eran escalones antiguos, perfectamente alineados, que descendían hacia lo profundo. La Autoridad de Antigüedades de Israel confió la excavación al profesor Ronny Reich, de la Universidad de Haifa, y al arqueólogo Eli Shukron. Lo que emergió de la tierra fue una piscina monumental: unos sesenta y nueve metros de largo, con amplias escalinatas en al menos tres de sus lados.

El anuncio oficial llegó en agosto de 2005: era la Piscina de Siloé del Segundo Templo. Cuatro monedas de Alejandro Janeo, del siglo primero antes de Cristo, halladas dentro del yeso original, sellaban su antigüedad. Y en diciembre de 2022 se anunció su excavación completa y su apertura: por primera vez en dos mil años, se podría caminar sobre las mismas piedras que pisaron los peregrinos.

Lo que dicen las piedras

Las piedras hablan de un lugar lleno de vida. Una calle escalonada de seiscientos metros unía la piscina con el Monte del Templo. Bajo su pavimento, los arqueólogos hallaron una moneda de Poncio Pilato, del año 30 o 31 de nuestra era: el tiempo exacto de Yeshua. En las fiestas solemnes, multitudes subían desde Siloé hasta el Templo después de purificarse en sus aguas: la piscina era mikvé, era puerta, era el primer paso del peregrino hacia la casa de Dios.

Y hay más: en 1880 se descubrió la inscripción de Siloé, seis líneas en hebreo antiguo grabadas en el túnel de Ezequías, que cuentan cómo se abrió el canal que traía el agua hasta aquí, hace unos dos mil setecientos años; hoy se conserva en el museo de Estambul. Monedas de la revuelta contra Roma, un sello de arcilla del Templo, vasijas de purificación: cada objeto confirma lo mismo — aquí latía la Jerusalén del tiempo de Yeshua.

«Ve a Siloé»

Volvamos al ciego. Yeshua no lo sanó con una palabra a distancia: le pidió un acto de fe — caminar hasta el agua guiado por otros, lavarse, creer. La obediencia abrió los ojos que el lodo había tocado. Y cuando los fariseos lo interrogaron una y otra vez, su respuesta desarmó todo debate: «Si es pecador, no lo sé; una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo» (Juan 9:25).

La piscina estuvo enterrada dos mil años, pero nunca dejó de existir. Como la verdad: aunque el mundo la entierre, tarde o temprano sale a la luz.

Este artículo acompaña al documental 6 de nuestra serie, «Siloé: la piscina donde Yeshua abrió los ojos». Míralo completo y gratuito en YouTube.

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