Artículo · Documental 7

Ezequías: el túnel imposible

Ante el asedio asirio, el rey Ezequías excavó un túnel de más de quinientos metros bajo Jerusalén para traer el agua dentro de la ciudad. Una obra imposible, hecha a pico y sin instrumentos de precisión, que aún hoy se puede caminar… y que la Biblia registró. Esta es la historia del túnel que salvó a una ciudad.

El asedio

Año 701 antes de Cristo. El rey asirio Senaquerib marcha sobre Judá con el ejército más temido de la tierra. Ciudad tras ciudad cae: según sus propios anales, cuarenta y seis ciudades fortificadas. Solo queda Jerusalén. El copero mayor de Asiria se planta ante los muros y grita en hebreo, para que todo el pueblo oiga: ¿en quién confías? Ningún dios de las naciones libró a su tierra de mi mano (2 Reyes 18).

Ezequías entra en la casa de Dios, extiende la carta de Senaquerib delante del Señor y ora. Esa noche, el ángel del Señor hirió a ciento ochenta y cinco mil en el campamento asirio; al amanecer, todo eran cuerpos muertos (2 Reyes 19:35). Pero antes del milagro, hubo una decisión.

La decisión de Ezequías

Ezequías sabía que un asedio se gana o se pierde por el agua. El manantial de Gihón, la fuente de la ciudad, brotaba fuera de los muros, al alcance del enemigo. Entonces tomó consejo con sus príncipes y sus valientes: taparon los manantiales y el arroyo que corría por en medio de la tierra, «para que viniendo los reyes de Asiria, no hallen muchas aguas» (2 Crónicas 32:3-4). Y cegó la salida de las aguas de Gihón y las condujo hacia abajo, al occidente de la Ciudad de David (2 Crónicas 32:30). Para eso había que abrir un túnel en la roca.

533 metros en la roca

Quinientos treinta y tres metros de roca sólida. Sin brújula, sin niveles, sin luz eléctrica. Dos equipos de canteros comenzaron a excavar al mismo tiempo, uno desde el manantial y otro desde la piscina, avanzando a ciegas bajo la colina. El túnel serpentea, se curva, sube y baja: los obreros siguieron las vetas más blandas de la roca para avanzar más rápido. Y sin embargo, con solo treinta centímetros de desnivel en todo el recorrido, el agua fluye por gravedad desde el manantial hasta la piscina.

¿Cómo se encontraron dos equipos excavando en la oscuridad, sin verse? Los arqueólogos creen que se guiaban por el sonido: golpes de martillo transmitidos a través de la roca, escuchados desde el otro lado. Cuando solo quedaban tres codos por abrir, los hombres se oyeron llamarse unos a otros a través de la piedra. Cayó el último tramo, y el agua corrió por primera vez del manantial a la piscina.

La inscripción de Siloé

Casi dos mil seiscientos años después, en 1880, un joven de dieciséis años, alumno del arqueólogo Conrad Schick, exploraba el túnel y tropezó en el agua. Al levantarse, vio marcas como letras en la pared de roca. Era una inscripción de seis líneas en hebreo antiguo, grabada justo donde los dos equipos se encontraron: cuenta que las hachas golpeaban una contra otra, y que el agua fue desde el manantial hasta la piscina por mil doscientos codos.

El joven se llamaba Jacob Eliau. La inscripción, arrancada de la pared en 1891, se conserva hoy en el Museo Arqueológico de Estambul, y una réplica marca el lugar exacto del encuentro. Es la única inscripción del antiguo Israel que conmemora una obra pública: los canteros de Ezequías firmaron su hazaña en la piedra para siempre.

El agua que salvó la ciudad

Ezequías hizo lo que estaba en su mano: aseguró el agua, reforzó los muros, preparó la ciudad. Y Dios hizo lo que solo él podía hacer: libró a Jerusalén sin que se disparara una flecha. De Ezequías está escrito que hizo lo recto ante los ojos del Señor, y que confió en el Dios de Israel como ningún rey antes ni después de él (2 Reyes 18:3, 5). La fe no es pasividad: es actuar con sabiduría mientras se confía en Dios. Ezequías cavó en la roca… y Dios guardó la ciudad.

Este artículo acompaña al documental 7 de nuestra serie, «Ezequías: el túnel imposible». Míralo completo y gratuito en YouTube.

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