Artículo · Serie «Todo ojo le verá» · Capítulo 1
Las dos cumbres I: el Siervo anunciado siglos antes de nacer
Dos cumbres, un mismo Mesías
Hace más de dos mil años, los profetas de Israel contemplaron un panorama con dos cumbres. En una vieron a un Mesías que sufriría y moriría por su pueblo. En la otra, a un Rey que vendría en gloria para reinar sobre la tierra. Dos cumbres, un mismo Mesías. Esa tensión —un Siervo que sufre y un Rey que reina— confundió a generaciones de lectores, y es la llave para entender las profecías de las dos venidas. En este primer capítulo caminamos la primera cumbre: el Siervo anunciado.
Isaías 53: el retrato escrito 700 años antes
Setecientos años antes de Belén, el profeta Isaías escribió el retrato más detallado del Mesías sufriente. Lo llamó el Siervo del Señor, y lo describió con una precisión que asombra: «despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto». Y anunció el propósito de ese dolor: «Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados» (Isaías 53:5). Ningún rey de Israel encajó jamás en esa descripción. Era el retrato de alguien que vendría después, y que cargaría sobre sí el pecado de muchos, «como cordero fue llevado al matadero» (Isaías 53:7), sin abrir su boca.
El Salmo 22: el salmo que describe la cruz
Mil años antes de la cruz, el rey David escribió un salmo que no parece poesía, sino el relato de una crucifixión. Comienza con un grito: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» —las mismas palabras que Yeshua pronunciaría desde el madero (Mateo 27:46)—. El salmo describe detalles imposibles de adivinar: «Horadaron mis manos y mis pies» (Salmo 22:16); «repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes» (Salmo 22:18). David lo escribió siglos antes de que Roma usara la cruz como castigo. Cuando los soldados echaron suertes sobre su ropa al pie de la cruz, no sabían que estaban cumpliendo, palabra por palabra, un salmo de mil años atrás. Y atención al final del salmo: no termina en abandono, termina en victoria: «Anunciaré tu nombre a mis hermanos; en medio de la congregación te alabaré». La cruz no era el final de la historia: era el camino.
Zacarías 9:9: el Rey que vino en un asno
El profeta Zacarías, unos quinientos veinte años antes de Cristo, vio llegar al Rey de Jerusalén de una manera inesperada: «He aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno» (Zacarías 9:9). Y así entró Yeshua en Jerusalén: no en un caballo de guerra, sino sobre un pollino, entre palmas y gritos de «¡Hosanna!». Mateo lo cuenta y cita al profeta: la profecía se cumplió al pie de la letra, ante los ojos de todo el pueblo. Pero en el mismo capítulo, Zacarías anuncia que ese Rey hablará paz a las naciones y dominará «de mar a mar» (Zacarías 9:10). Dos cumbres en un solo capítulo: el asno… y el trono. De esa segunda cumbre hablaremos en el Capítulo 2: «El Rey anunciado».
Era el plan, no el fracaso del plan
Después de resucitar, Yeshua caminó con dos discípulos desanimados y les hizo una pregunta que atraviesa los siglos: «¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria?» (Lucas 24:26). La primera cumbre no fue el fracaso del plan de Dios: era el plan. La misma Escritura que anunció el sufrimiento del Siervo anuncia también la gloria del Rey que viene. Y esa esperanza sigue en pie.
Este artículo acompaña al Capítulo 1 de la serie «Todo ojo le verá», «Las dos cumbres I: el Siervo anunciado». Míralo completo y gratuito en YouTube.
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